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Datos que no se pueden cambiar

Lo que una contraseña repetida puede costar

Si te roban la contraseña, la cambias. Si te roban la tarjeta, la bloqueas y en unos días tienes otra. Molesta, pero tiene arreglo.

¿Y si lo que se filtra es tu ADN? No hay botón de «cambiar». Lo que se ha publicado, publicado queda, y no solo te afecta a ti.

Lo que pasó

En octubre de 2023, 23andMe, una de las empresas de análisis genético más conocidas, confirmó que unos atacantes habían accedido a datos de sus clientes. A principios de diciembre dio las cifras: los atacantes habían entrado directamente en unas 14.000 cuentas, alrededor del 0,1 % del total.

Lo llamativo es cómo entraron. No rompieron los sistemas de la empresa. Usaron combinaciones de correo y contraseña filtradas en otros servicios, y las probaron una a una. Funcionó con las personas que habían repetido la misma contraseña y no tenían activada la verificación en dos pasos.

Desde esas cuentas, una función pensada para encontrar parientes les dio acceso a información de muchas otras personas. En total, los datos de unos 6,9 millones de usuarios quedaron expuestos: casi la mitad de los clientes de la empresa.

Datos que no caducan

Esta historia deja una distinción muy útil. Hay datos que se pueden cambiar: contraseñas, tarjetas, direcciones, incluso el número de teléfono. Y hay datos que no: tu ADN, tu huella dactilar, tu cara, tu fecha de nacimiento.

Con los primeros, una filtración es un problema temporal. Con los segundos, es para siempre. Una huella dactilar filtrada hoy seguirá siendo tu huella dentro de cuarenta años.

El ADN tiene además una particularidad: no es solo tuyo. Comparte información con tus padres, hermanos, hijos y primos, que nunca dieron su consentimiento. Quien entrega su ADN entrega, en parte, el de su familia.

Catorce mil cuentas, millones de personas

Lo más instructivo del caso es la desproporción. Unas pocas miles de contraseñas repetidas acabaron exponiendo a millones de personas que no habían hecho nada mal.

La clave estuvo en las funciones de compartir. Encontrar parientes es una de las razones por las que la gente usa estos servicios, y para hacerlo posible, cada usuario podía ver parte de la información de los demás. Bastaba con entrar en una cuenta para asomarse a cientos de otras.

Cualquier producto con funciones sociales tiene esta misma propiedad: la seguridad de cada usuario depende un poco de la de todos los demás.

Cómo protegerte

Unos pocos hábitos marcan una gran diferencia.

Una contraseña distinta para cada servicio. Es imposible recordarlas todas, y no hace falta: un gestor de contraseñas lo hace por ti.

Verificación en dos pasos siempre que se pueda. Aunque alguien consiga tu contraseña, sin el segundo paso no puede entrar. En este caso, habría bastado para frenar el ataque.

Pensarlo dos veces antes de entregar datos que no se pueden cambiar. Un análisis genético, una huella para desbloquear una app, una foto de tu cara para verificar tu identidad. A veces merece la pena; conviene que sea una decisión consciente.

Revisar qué compartes con otros usuarios. Las opciones de visibilidad suelen estar escondidas, y casi nunca están en la posición más privada por defecto.

La lección para quien construye

Quien diseña un producto tiene en su mano evitar buena parte de estos problemas.

No guardar datos imborrables si no hacen falta. Que lo privado sea la opción por defecto, sobre todo en las funciones que comparten información entre usuarios. Y cuando los datos lo merecen, exigir la verificación en dos pasos en lugar de dejarla como una opción que casi nadie activa.

Para siempre

Una contraseña es una llave: si la pierdes, cambias la cerradura. Tu ADN, tu cara o tu huella son la cerradura misma.

Por eso merecen un trato distinto, tanto de quien los entrega como de quien los guarda. La privacidad no es esconder nada: es decidir qué queda en manos de otros para siempre.

Referencias

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